


Por Daniel C. Dennett
Soy tan optimista que pienso vivir para ver la evaporación de la poderosa mística de la religión. Creo que dentro de 25 años casi todas las religiones evolucionarán en fenómenos muy diferentes a lo que son hoy. Por supuesto mucha gente continuará aferrándose a su religión con la misma pasión que acrecienta la violencia y otros comportamientos intolerantes y reprensibles. Pero el resto del mundo verá este comportamiento como lo que es, y aprenderá a evitarlo hasta que amaine.
Al igual que hoy fumar ya no es cool, llegará primero el día en que la religión será una elección del tipo “tómala o déjala”, para luego dejar de ser bien vista, excepto en sus formas socialmente valorables. ¿Acaso para entonces aquellas instituciones seguirán siendo religiones o se habrán extinguido para siempre? Todo dependerá de los elementos que uno considere que constituyen una religión.
Confío en que esto ocurrirá principalmente porque, con la proliferación de la tecnología de la información (no sólo Internet sino también celulares, radios y televisión), ya no será factible para los guardianes de las tradiciones religiosas proteger a sus jóvenes de la exposición a los hechos que lenta e irresistiblemente socavan los requisitos mentales del fanatismo y la intolerancia religiosa.
El fervor religioso de hoy es un último y desesperado intento por parte de nuestra generación para tapar los ojos y oídos de las generaciones venideras. Y no está funcionando: los jóvenes se alejan cada vez más de la religión de sus padres y abuelos. Alrededor del mundo la categoría de “no religioso” está creciendo más rápido que los mormones, los evangelistas, incluso más rápido que el Islam.
Muchas religiones ya están haciendo la transición y de a poco desenfatizan sus elementos irracionales así como abandonan las prohibiciones xenofóbicas y sexistas para correr la atención de la pureza de la doctrina a la efectividad moral. Esto favorecerá la evolución de formas de religión no violentas, bienvenidas como partes del patrimonio cultural del planeta. Eventualmente la verdad nos hará libres.
Daniel Dennett es filósofo de la ciencia. Es autor de La peligrosa idea de Darwin, Dulces sueños: Obstáculos filosóficos para una ciencia de la conciencia y Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon.
Por Paul Davies
En algún momento antes del fin del siglo XXI habrá una colonia humana en Marte. Ocurrirá cuando la gente se percate de que los viajes de ida y vuelta al planeta rojo son innecesarios. Un viaje de ida a Marte no es una invitación a una misión suicida. Se pueden mandar por adelantado provisiones y una fuente de energía nuclear, y renovarlas cada dos años. Si bien Marte es relativamente inhabitable, tiene todos los materiales para que una colonia llegue a ser autosuficiente. Seguramente, la vida será incómoda para los pioneros, pero así fue también la de los exploradores de la Antártida hace cien años.

¿Por qué la gente decidiría ir a Marte y no volver? Hay muchas razones: un sentido innato de la aventura y la curiosidad, el atractivo de ser los primeros humanos en estrenar un planeta nuevo, el deseo de explorar un ambiente exótico y único, fama, gloria. Un geólogo en Marte se sentiría como un chico en una tienda de golosinas.
Pero, ¿cuándo partirán los primeros colonos? En algunos años, si no se entromete la política. La NASA podría mandar una tripulación de cuatro con la tecnología actual, pero la agencia carece hoy del temple y de la imaginación para ese tipo de misiones aventuradas. Sin embargo, soy optimista en que los nuevos jugadores en el espacio –China e India– no sufrirán de la timidez occidental. Una colonia indio-china en Marte para el año 2100 no sólo es tecnológicamente viable, sino políticamente realista.
Paul Davies es físico de la Universidad de Arizona (Estados Unidos). Sus últimos libros son How to Build a Time Machine y The Goldilocks Enigma.