-Dame el cinto-, el pibe va a cobrar. Nacido sin elección en este barrio. Bien podría haber nacido en el gran buenos aires, en constantinopla, en ruanda, en morón. Una calle con muchos árboles al menos. El sol se pone tras la escuelita y entre las hojas dibuja en mi pared. Cuando es tarde porque es tarde, cuando amanece porque clarea pero siempre cantan en mi pieza los habitantes de los árboles, los que están cerca, los lejanos. Una vez miré el reloj, no volví a hacerlo, eran las 4:05 am. cuando irrumpe la sinfonía. Una vez me detuve especialmente a escuchar al primero, si, le escribí unas cuantas cosas. Cosas en prosa y otras queriendo dar con la palabra en su espacio destruido por el género al que pertenecían, aunque todos en verdad lo destruyen. Cosas que leí una y mil veces agravadas con el deseo de romperlas pero nunca hice tal cosa. Nunca la haría tampoco. Las dejaría en un cajón arrojadas al destino. A romper tiempos y espacios como ya han dicho, como todos los géneros. La rama a la que pertenezcan es inexistente, pero siempre se ha mirado el árbol desde ese punto. O siempre se ha mirado el mismo árbol. La conciencia de las distintas corrientes me ha cambiado por completo. Esto es un cuento y nada más que un cuento. No le está permitido ser otra cosa. Aparte del hombre descalzo llorando la flor muerta con berretines de profeta nacido a pocas cuadras de mi casa, puedo contarles del ciego feliz deletreando un rallador de queso, -¿quién escribió esta estupidez?-, pregunta. Y del hombre mono que vive en una pensión 200 por mes que no puede tener otro nombre que el roberto. Este es el momento en que paro para leer lo que estoy escribiendo. Quisiera no hacerlo nunca. Hice bien en releer. Me había olvidado del vegetal hachado en la calle de enfrente que continúa en este mundo a la luz de mi balcón ventana. Fui dios en esa obra. Ya ven que no planto sólo palabras. Mi error más grande es sembrar todo lo que pueda aunque mi virtud es cosecharlo y esta es la única manera en que puedo ver las cosas. El poema del baño, me recuerdo perfectamente al escribirlo pero no puedo hacerlo con un lugar en el que debo haber dormido dos noches, que extraños vientos lo han traído a este minuto. Lo estoy viendo, es de día, pega fuerte el astro. En mi ventana anochece, las nubes dibujan palacios tras las lluvias, aunque todo es mentira porque desde el baño no lo veo. Es hora de salir. Pero no es el final. Continuará al lado de este verso en unos minutos. Con las manos enjabonadas y la cadena cantando hasta que se calla pensé en lo bien que hice en comprar tapa dura. Tiene la ventaja de que puedo escribir en la cama. Lo estoy comprobando, es mejor de lo que esperaba. El otro pobre cuaderno se arrastraba vencido de al lado de la cama a la mesa. Cansado salía del baño cruelmente arrojado a las vetas de la madera. Niños lloran con fuerza. Un llanto es de nena, le calculo cinco años y es el que está más cerca, el otro es de bebé más creíble y más lejano desde donde viene un -calláte la boca- femenino. Sus pelos renegridos en dirección a la cama. Suave caída. Su mirada inclinada a la entrega. Eso me hace pensar en detener la escritura sumada a la posición que cumplió su ciclo como el cuaderno vencido. Se me antoja decir que me conozco personalmente. Esas voces que algunos le atribuyen a dios. Me tenía preso el formato de una página. El margen me decía que tenía que ser así hasta el fin de la escritura. Lo estoy traicionando. Se me ocurre ahora que pocas frases me definen tanto como "mi religión es de birome y papel", aunque ya dije lo mismo de muchas otras. En realidad eso es lo que le digo a todas. La superstición es algo que siempre se cree no tener. Como toda ambigüedad la lleva el que menos lo parece. A alguien se le ocurrió contar la historia de la serpiente blanca que es mascota de la reina. Es el objeto de su relato. La tapa hizo ahorrarme unas monedas. Pero eso a nadie le importa.
Nadie habita esta pieza. Nadie entra a la casa. La manija está rota, da media vuelta de llave, prende el velador, la luz también está rota. Nadie suspira, es un buen momento. Deja lo poco o nada que siempre trae. A veces Ninguna lo acompaña, es mejor momento. La vida de nadie pasa como cualquier cosa. En referencia al artículo de Nadie que Nadie leyó; Nadie sigue siendo Nadie. Nadie vive en las afueras y logró ser catorce nadies. Queriendo volar y no volver más como su birome veloz que medita en el colectivo y tiene una gran tarea. El habitáculo quiere a Nadie, está contento de que sea su inquilino. Deja juntar tierra a la pieza, habitan minúsculos seres de cloacas y exteriores. Nadie toma la recámara como su parcela de tierra en este mundo. Nadie tiene amor por Nadie. Toma lo que se le da y nunca llora, aunque en verdad Nadie quiere llorar y sentir la maravilla del llanto.
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-Saqué los cargadores para cargarlos-dijo daniel-como te fue-(creo que dice)-bien-(la esposa o no sé quien)-se acaba la pila-claro pobre-te volvés loco-se acaba la pila-pu-pu-(una voz se aleja)-lo que pueda-(pasa un auto)(el pájaro y el perro)-como le va, el habla-manda usted-no tengo ni de tapicería, agarro de pintura ya-claro-(no puedo traducir al pájaro)-no es problema mío-(los chicos viene de la puerta)-no quiero molestarla-hágame la gauchada-le pensaba decir a julia-se había casado-son uruguayos de terror-(de mi ventana no sólo se ve)-andrea, buena piba-segurísima que estaba acá-no es raro-viene una señora a hincharme las pelotas-(sábado conversado, tarde de perros desatados)-ah, ¿el marido de ella?-me lo hacía, este..-(¿ya me di cuenta o sale cincuenta?)-después salió el sol, se puso pesado-no eran las diez-sabía que eran pero no sabía donde estaban-(portazo, pájaro, auto, viento, música lejana. El barrio, sábado).
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