martedì 23 gennaio 2007

Cuaderno y birome


-Deme un cuaderno y una birome-, dijo. Entonces cruzó la calle empedrada de ese barrio, lejos del centro. Al dejar la piedra por el cordón, dió un paso en la esquina de la carnicería. Una pata colgada de la pesuña tapaba el póster de boca y de belgrano de córdoba. Dentro del mostrador chorreaba un hígado y la carne picada formaba dos lomadas en la fuente de loza. La radio bramaba un tango casi desintonizado. Al costado derecho del local las verduras descansaban en los cajones que decían rio negro, moño azul y juliancito. El carnicero gastaba un delantal de manga corta pinzado en los laterales y no se dió por aludido cuando pasó por la ventana de al lado de la caja. La carnicería quedó tras su hombro derecho y cuando llegó a la mitad de la cuadra cruzó en diagonal la otra calle hacia el portón metálico jamás abierto. Pasó por al lado de la puerta que siempre ladraba pero esta vez no. Entonces, ya llegando a la otra esquina, el toldo de la verdulería cerrada le tapó la luz del neón que se alzaba justo por sobre el punto de intersección de las dos calles. Lamentó que esté cerrada la verdulería donde llenaba dos bolsas por cinco pesos. Cruzó la nueva calle hasta el almacén que atendían madre e hijo sin sonreir nunca. Estaba cerrando. También cerraba la herrería, todavía existía una pero sólo en ese barrio. Por fin llegó hasta la entrada del edificio sin puerta. Hubiera preferido entrar en cualquiera de los otros edificios pero vivía en ese. En el segundo piso por escalera. Entonces sacó las llaves y abrió primero la cerradura de arriba. Terminada esta maniobra, procedió a hacer lo mismo con la de abajo. La puerta se abrió y entró.


debat

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